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Aquí viene otro relato que hice para ir dando forma y color al universo que se describe en Sirius 4. Este relato trata del tema que aparece en la primera página del libro, la ley de defensa colonial. Así mismo, también me sirvió para ir definiendo más a Vicky y su entorno familiar.


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Nunca había tenido ninguna en sus manos, y es cierto que en el fondo siempre había deseado que llegase ese día. Era suya, toda suya, la tenía delante, en toda su dimensión. Y era más larga de lo que había visto en imágenes y vídeos. La cogió con suavidad, resiguiéndola con su dedo índice, impresionada por su tacto. Pesaba más de lo que había imaginado, y aquella dureza le creaba unas nuevas sensaciones que respondían a las preguntas de cómo sería el día en que sus manos desnudas la pudiesen tocar. Y las dudas que la asaltaron al principio, se fueron desvaneciendo al ver que se adaptaba a la perfección, y que por muy grande que fuese, podría manejarla a la perfección.

–Esta es el arma estándar de las milicias –dijo el sargento instructor–, se trata del fusil H&K SG-IV. Cuidadlo y él cuidará de vosotros.

La ley decía que, a partir de los 16 años, todos los colones tenían que recibir instrucción militar elemental por si sucedía algún caso de emergencia. Esto incluía saber disparar, además de protegerse y conocer la estructura de la milicia de su colonia. Lo cierto es que de situaciones de emergencia casi nunca había, y aún menos que requirieran el uso de un fusil. Tal vez era porque nadie se atrevía a atacar a una colonia donde toda la población tenía un fusil en casa y sabía como usarlo. Por ejemplo, en el hogar de Vicky, ya tenían cuatro con este, y el total del barrio superaba la centena. Eso sí, tenía que guardarse desmontado y dentro de un maletín reglamentario, aunque en menos de cinco minutos todo el mundo estaría preparado.

Una vez terminase el fin de semana de instrucción, pasaría a ser un soldado de la segunda división de la milicia, también conocida como Defensa Civil. Está compuesta íntegramente por milicianos, solo los altos oficiales eran un militares profesionales. Un ejemplo era el sargento que tenía delante, que se ganaba la vida trabajando una de las granjas hidropónicas que hay por las afueras. Y los compañeros de armas, los nuevos soldados, eran chavales de 16 años vestidos con un uniforme de un talla más, para no tenerlo que cambiar al año siguiente.

Al terminar la clase teórica, cuando por fin aprendieron a diferenciar un sargento de un teniente, y dónde tenían que ir y cómo comportarse en caso de emergencia, fueron a hacer prácticas de tiro. Luego seguiría teoría y práctica sobre el mantenimiento del arma, para continuar con unas maniobras básicas y seguidamente ir a dormir en el cuartel. Al día siguiente tenían el primer ejercicio de emergencia.

Los hicieron levantar temprano, algo que a Vicky no le gusto mucho, pero poder probar su flamante fusil le hizo cambiar de opinión; aunque otros reclutas preferían continuar durmiendo, y el sargento tuvo que comportarse de una manera bastante expeditiva.

Después de un desayuno ligero, les llevaron a un bosque que parecía igual que los demás. El ejercicio que tocaba por la mañana fue una simulación de un ataque de los espectros. Usaron munición de entrenamiento contra muñecos que querían parecerse a los espectros que asaltaron Marte, ya hace más de un siglo. Después de tanto tiempo, aquel enemigo parecía más bien sacado de un cuento de terror, por mucho que aquellas mujeres de color turquesa dijeran que la amenaza era real. Vicky nunca había visto a ninguna de esas alienígenas, y aún menos nada que pareciera un espectro, ni siquiera algo que hiciera pensar que existían. A pesar de todo esto, esa panda de adolescentes llevaron a cabo su misión y salvaron el planeta, aunque, al finalizar las maniobras, el sargento instructor les comunico que si eso hubiese sido un caso real, solamente 12% hubiera visto el final. El objetivo era que entendiesen que no se trataba de un juego y que ahí fuera el peligro asedia. La verdad es que con un ataque real de los espectros hubieran muerto todos antes de verlos acercar.

Por la tarde, después de una comida de subsistencia, les tocó simular una catástrofe natural en medio de una ciudad. Esta vez no hicieron falta las armas, se trataba de un ejercicio de coordinación y trabajo en equipo. Según el sargento, lo hicieron mejor que por la mañana, y que si actuaban así en caso de emergencia, conseguirían salvar muchas vidas.

Al terminar, liaron el petate y se despidieron hasta dentro de seis meses, que era cuando había el siguiente ejercicio, o hasta mañana, para los que eran compañeros de instituto, o incluso de la misma clase.

Al llegar a casa, el cansancio hizo acto de presencia y se reflejaba en su rostro. Después de darse una buena ducha y ponerse el pijama, cenó un poco. No tenía mucha hambre, pero sí que quería explicar todo lo que había hecho y no se reprimió. Obligó a sus padres a escucharla, aunque ellos tenían otra intención: querían convencerla de que el arma era mejor guardarla en un lugar seguro. Realmente consideraban como lugar seguro cualquier lugar que la pelirroja no pudiese cogerla libremente, a lo que se opuso firmemente. Al final de la discusión, aceptaron y el fusil se guardó en la habitación de la joven.

Sin lugar a dudas, ese había sido un fin de semana intenso para Vicky. Oficialmente ya era la soldado laFontaine de la milicia de Tau Ceti, tercera división, primera brigada, segundo regimiento, tercer batallón, primera compañía, tercera sección, segundo pelotón, primera escuadra, y eso la llenaba de orgullo. Se sentía una pieza más de la sociedad, alguien útil. Bueno, legalmente lo volvería a ser cuando la llamasen a filas, por ahora tenía que conformarse en ver su uniforme plegado en el armario sobre el maletín que guardaba el fusil y la munición.

El maletín.

Quería volverlo a ver otra vez. Cogió el maletín a oscuras, lo puso sobre su cama y lo abrió. Sin prisas pero sin pausas, monto el fusil, inspeccionando cada una de las piezas que lo integraban, y luego activó la mira holográfica. Apoyó la culata en su hombro mientras ponía una mano en la empuñadura y la otra en el guardamanos del cañón. El punto rojo del visor la deslumbraba, y lo cambió al verde más atenuado, tal y como le habían enseñado. Empezó a apuntar a diferentes lugares de la habitación mientras una sonrisa se esbozaba en su cara. Bajó el arma y la miró unos instantes antes de apagar el visor y desmontarla para devolverla al maletín.

Una vez todo regresó a su lugar, se puso a dormir soñando que algún día sería una gran heroína.

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