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Escaparse

El último de los deberes que nos pusieron en el curso fue hacer un cuento corto aplicando lo aprendido y practicado durante estos días, especialmente el tema de la critatura, el objeto y el viaje del héroe de Campbell. El resultado final, e inspirando en cierta obra que me encanta, ha sido este cuento corto titulado Escaparse.


Escaparse

Echo de menos esos días en Zandia, cuando era un mero estudiante que preparaba su proyecto final y convivía con centenares de especies. Me acuerdo como si fuera ayer cuando paseaba por sus calles y me maravillaba con su variada arquitectura: los bloques de viviendas neogóticos, las fábricas y sus acabados retropunk, los waigen y su toque roncarín, y, por supuesto, los stricxen esculpidos al estilo plufgriej. Zandia es una ciudad muy colorida y variopinta. Cómo la echo de menos. Y cómo odio mi proyecto.

En el mismo maldito día que presenté mi idea del transductor de viaje por intercambio de campos cuánticos, mi tutor me dijo: «¿Qué te parecería pasar de la teoría a la práctica?». Al principio me negué; ni tenía dinero para invertir ni creía que el proyecto fuera viable a corto plazo. A lo que mi profesor añadió: «Al terminar el curso, voy a tomarme un año sabático. Puedo ayudarte y sé cómo, pero tendremos que viajar». Y acepté. Al fin y al cabo, nada me retenía en Zandia.

En menos de un mes, mi profesor y yo ya estábamos surcando el espacio, buscando quién más nos podría ayudar mientras refinábamos las etapas iniciales del transductor. Tal y como había temido, descubrimos que únicamente las astronaves más grandes serían capaces de aprovecharse de mi invento. Sin embargo, tuvimos un golpe de suerte; mientras realizábamos unas pruebas rutinarias, encontramos a una joven mula llamada Libi escondida en un campo de asteroides. Su tripulación, formada solamente por un joven matrimonio zurí, que esperaba su primer vástago, nos recibió con los brazos abiertos. Al parecer, Libi se había escapado del control de sus padres para así poder conocer el universo; y la pareja se había fugado de su planeta natal porque se habían casado en secreto, lo cual era un delito bastante grave en su sociedad. Nosotros les explicamos nuestro experimento y les gustó tanto que hasta la misma mula se ofreció para ser nuestra nueva base de investigaciones.

Sin duda fue una suerte. Libi, a pesar de ser joven, era como veinte veces más grande que nuestro carguero, y mucho más potente. Además, el hecho de ser un organismo viviente nos facilitaba sobremanera la integración del transductor en su estructura, y en un par de meses ya empezamos a hacer pruebas más serias. Aun así, nos encontrábamos lejos de conseguir algo útil y nuestro objetivo parecía cada vez más inalcanzable; ya llevábamos medio año y pronto se nos agotaría el tiempo. Sin embargo, ocurrió algo inesperado.

Mientras repostábamos en un planeta sin importancia, apareció una flotilla de los Celadores. Nunca me han caído bien, y nunca lo harán. En teoría se encargan de que reine la paz en la galaxia; en la práctica actúan como matones a los cuales tienes que darles grandes sumas de dinero para evitar su ira. Su lema oficial es «paz, prosperidad y honor»; aunque para mí más bien es «estás con nosotros o contra nosotros». Estaban allí porque deseaban hablar con nosotros y hacernos una oferta: querían que todos trabajáramos para ellos con tal de asegurar que el transductor no cayera en malas manos. Tengo que reconocer que la oferta era la mejor que alguien podría llegar a hacerme: recursos infinitos para el proyecto y una vida rodeada de lujos. A pesar de todo lo prometido, les dije que no; si un militar se interesa por lo que haces, es que no estás haciendo el bien. Pero mi profesor insistió en que me lo repensara, y así lo hice.

Me tomé un día entero para meditarlo. La idea de ver flotas armadas viajando instantáneamente de un lugar a otro de la galaxia me preocupaba sobremanera, además de que seguro que conseguirían convertir el transductor en un arma. Al final llegué a una conclusión que me cambió la vida para siempre: el transductor de viaje por intercambio de campos cuánticos nunca debería completarse. Intenté convencer a mi profesor, pero fue en vano. Él me decía que tarde o temprano el invento caería en manos militares, y que los Celadores eran el mal menor, si prefería verlo así. Tal vez sí que eran el mal menor, pero cuando tienes que elegir entre males dignos del apocalipsis, el menor de todos ellos sigue siendo inaceptable.

Cuando los Celadores se dieron cuenta de mi rotunda negativa, se prepararon para conseguir mi invento por la fuerza; y el hecho de que mi profesor no estuviera a bordo cuando se acercaron las naves de asalto, demostraba cómo se dieron cuenta. Sin embargo, gracias a que la necesidad siempre despierta el genio, me di cuenta de que todavía tenía un as en la manga, y lo usé. Me fui al puente de comandancia de nuestra querida y joven nave, le entregué un cristal de datos con las últimas modificaciones para el transductor y le dije: «aplica estos cambios ahora mismo, y usa el transductor». Y Libi desapareció delante de las narices de la flotilla celadora; y lo que fue peor, les demostré que el transductor era viable y funcionaba correctamente.

Durante el mes que siguió, pareció que nos habíamos librado; pero pronto descubrimos que los Celadores, ayudados por mi antiguo profesor, eran incapaces de crear un nuevo transductor. Y lo descubrimos a las malas, cuando una patrulla celadora asalto a Libi a traición. Pudimos escaparnos casi por milagro.

Nos vimos obligados a vivir como trotamundos, viajando sin parar para eludir las patrullas celadoras que lentamente iban estrechando el círculo sobre nosotros. Libi era fuerte, pero usar el transductor le requería un importante esfuerzo, así que tampoco podíamos abusar. Y por si fuera poco, los Kratinxis, enemigos mortales de los Celadores, se unieron a la fiesta al enterarse de lo que yo tenía. Si huir de unos ya rozaba lo imposible; huir de ambos era una tarea titánica. Así que decidí tomar la iniciativa y poner fin a esta locura.

Y aquí estoy. A proa, una estrella roja gigante; A popa, un gigante de gas; a babor, la flota Celadora; a estribor, la flota kratinxi; y Libi en el medio de todas esas armas. Ambos bandos están dispuestos a apoderarse del invento por la fuerza, y a destruirlo si no pueden conseguirlo.

En la sala de comandancia estamos todos: el matrimonio zurí y su retoño presidiéndola; a la izquierda, los delegados celadores junto a mi profesor; a la derecha, los embajadores kratinxi; y yo, enigmáticamente feliz, en el medio.

–Os he reunido aquí para haceros saber qué es lo que falla en vuestros intentos de reproducir mi transductor. –Hago una pequeña pausa para poder disfrutar de la expresión de mis invitados–. Y si el transductor funciona es gracias a… que está montado en una mula. –Saco de mi bolsillo dos cristales de datos–. Aquí hay toda la información necesaria para hacerlo funcionar, un cristal para cada uno. –Los veo sonreír a todos, como si estuvieran a punto de vencer; pero dejan de sonreír cuando los arrojo al suelo y los aplasto con mi bota–. Nunca la vais a tener, sería una locura. –Acto seguido, hago un gesto al matrimonio zurí para que prepare a Libi–. Todos sabéis que esta tecnología permite mover un objeto de un sitio a otro. –Me giro y miro por el ventanal, señalando la estrella–. Cualquier objeto, por eso lo queréis: para crear el arma definitiva.

A mi señal, Libi activa el transductor y la estrella empieza a entrar en erupción. Pronto vemos cómo las flotas intentan escapar de la destrucción segura que eso representa. Lo que parece que no es del agrado de nuestros invitados, que tanto celadores como kratinxis se retiran a toda prisa para volver con sus flotas, como si pudieran huir con la escasa información que les he entregado. El único que se queda es mi profesor.

–Tenías razón. Las promesas de riquezas me habían cegado –me dice; sabía que siempre se puede razonar con él–. El transductor es demasiado peligroso y no debería existir. Te pido perdón.

Mientras, allí fuera, las naves de batalla van estallando en su precipitada e inútil huida de la estrella que los devora; pero yo no soy ningún suicida. Ahora Libi se irá con todos los que aún estamos dentro. Dejaremos al profesor en Zandia, para que dé testimonio del horror que ha visto. Luego llevaremos al matrimonio zurí al bucólico planeta Slanwe para que empiecen una nueva vida. Y, finalmente, Libi y yo volveremos con las demás mulas, la especie más pacífica y servicial del universo, y les enseñaremos cómo surcar las galaxias.

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